lunes, 17 de octubre de 2011

Una historia

Uno de los recuerdos más bonitos de mi infancia es el siguiente:

Cuando era niña, era una gran lectora. Gran parte de ello se lo debo a mi papá. Mi padre amaba leer: leía en los camiones, leía en casa, leía mientras esperaba que yo saliera de la escuela, leía en la fila del banco, leía siempre. De él y con él, aprendí a leer. Así pues, mi padre era un gran cazador de historias y  libros de segunda mano, pues eso le permitía adquirirlos a muy bajo costo y con gran frecuencia. En aquel entonces aún no eran tan comunes las islas de libreros que ahora forman parte del pasaje Enríquez, así que buscaba siempre nuevos lugares donde poder conseguir sus novelas.

En una ocasión, llegó a presumirme muy contento que había encontrado un lugar genial. Era una pequeña nevería ubicada en un callejoncito, a unos pasos de la tradicional -y creo que hoy extinta- chocolatería Choco Tepa. Me contó que vendían unas nieves buenísimas (seguro ya lo había corroborado), caseras y a buen precio, en una placita muy bonita y apacible donde se podían disfrutar. Y mejor aún, vendían novelas nuevas y seminuevas de todo tipo. Qué mejor combinación.

No tardó en llevarme saliendo de la escuela a compartir su gran descubrimiento.Yo tendría entonces como unos diez años. La nevería-librería era atendida por una señora muy amable y recuerdo que parte de su familia. Quizá él pudiera dar mejores detalles. Y en verdad, el lugar era y sigue siendo encantador y si algún paisano lo conoce no me dejará mentir. En ese entonces todo estaba más bonito y cuidado, la nevería era más grande y tenía mesitas en el exterior donde uno podía saborear su nieve y leer. Recuerdo que preparaban unos flotantes con helado de vainilla y de limón buenísimos y desde que los descubrí se hicieron mis favoritos.

Desde entonces nos hicimos asiduos compradores, yo de nieves, mi padre de libros. Llevadero y agradable como fue siempre, no tardó en hacer amistad con la señora y siendo clientes frecuentes, la amistad prosperó.

No recuerdo la ocasión ni el día, se que fue uno de tantos, pero en nuestra habitual búsqueda de libros y nieves, la señora me mostró un libro de una colección juvenil que dijo era perfecto para mí. Se llamaba Alicia y Jill y era una historia sencilla sobre dos amigas que se conocían un verano en la campiña italiana. Tampoco recuerdo con exactitud cómo sucedió ni qué la llevó a hacerlo, aunque lo supongo, pero ese día la señora me regaló el libro.

Lo leí una, y otra, y otra, y otra vez. Aún recuerdo la historia detalle a detalle, las ilustraciones, la textura. El libro debe seguir por ahí, en la casa de mis abuelos. Probablemente sea uno de los regalos más lindos y que más he disfrutado en toda mi vida y años después, cada vez que pasaba por ahí -lo cual no era muy seguido pues es un callejoncito escondido y sólo uno que otro taxi callejonero me llevaba- recordaba a la señora, los libros, las nieves y el libro que me regaló y por el cual siempre le estaré agradecida.


Dejamos de ir. Creo que la nevería empezó a pasar una mala racha y terminó cerrando, no lo se. Empezamos a hacer otras cosas, llegaron más vendedores de libros a la ciudad y el hambre de novelas de mi padre lo llevó a buscar nuevos puntos de venta. En ocasiones salía a la plática la nevería y la placita: "¿Te acuerdas de la nevería, y de los flotantes, y la señora? Creo que ya cerró, pero qué buenas eran". Luego mi papá se fue y con él la búsqueda insaciable de historias. Me dediqué a otras cosas, abandoné los libros y me transformé en aprendiz de mercadóloga.

Este fin de semana, buscando un nuevo lugar para vivir, llegamos al callejón. La placita estaba intacta. La fuente de los platos, la jardinera, la banca, las casas decoradas. Y el letrero. Y la puerta. La nevería estaba ahí de nuevo. Le dije a mi madre que quería una nieve y mientras ella se ocupaba de averiguar sobre rentas yo fui con la más pequeña de las Noir en busca de mis recuerdos. El lugar es una quinta parte de lo que una vez fue, pero reconocí el viejo mueble de madera similar a donde exhibían los libros, vacío ahora. Una mujer atendía a una pareja. Era ella. Pensé en todo lo que podía decirle, pero cuando llegó mi turno sólo acerté a preguntar cuánto costaban las nieves. El olor a madera vieja y a medicina me recordaba que habían pasado al menos quince años desde aquel día en que me regaló un libro. La miré y le sonreí, como si esperase estúpidamente que me reconociera. Obviamente no fue así. Su rostro marchito por los años me dejó ver el paso del tiempo pero su sonrisa amable no ha cambiado. Esas cosas nunca cambian. Compré una nieve para mi hermanita, otra para mí, le di las gracias con una gran sonrisa y le dije adiós.


Foto de la placita tomada desde la nevería mientras mi madre sacaba 20 pesos de su bolsa para dos nieves