viernes, 19 de diciembre de 2014

Ese día llovía a cántaros, como pocas veces he visto llover en mi ciudad.

Y es mucho decir. En mi pequeña ciudad, rodeada de verde, siempre está lloviendo. No en vano decidí llamar Chipi a mi perro en honor al clima de la ciudad. Pero la tormenta tropical Fernand acababa de tocar tierra y los remanentes golpean con fuerza las zonas del centro. Así que una tarde antes comenzó a llover y desde entonces no paró.

Era la última noche en casa, mi mamá me pidió que durmiera en su cama. Pero no pude conciliar el sueño, así que escuché llover toda la noche, pidiéndole a Dios, ese Dios en el que creo pero abuso de su perdón, que no cerraran la carretera por la lluvia. Ya quería hacerlo, no podía aplazarlo un día más, lo había aplazado por años. Por condescendiente, por una carrera, por dinero, por tiempo, por miedo, por enfermedad propia y ajena. No podía aplazarlo por el pinche clima. Así que, como no lo hice durante años, recé esa noche por que dejara de llover.

Nunca dejó de hacerlo. A las cuatro de la mañana sonó el despertador, y sin dar tiempo a que mi madre me dijera que lo pensara, levanté el teléfono y llamé a la central de autobuses. Las corridas a Puebla no estaban canceladas. Gracias, Dios, gracias. Un día voy a ser esa mujer que esperas que sea, pero hoy soy la que se va. Me levanté sin saber cómo se prepara una para irse de viaje sola, sin saber que vendría un año de viajar casi una vez por semana, de aprender a viajar ligera de equipaje, de saberme de memoria cada sala de espera y cuál es el baño más limpio, cómo pasar torniquetes con dos maletas y que las filas de los taxis son una muerte lenta. Estuve lista, pasó todo demasiado deprisa, y de pronto estaba ahí, del otro lado del andén, sola.

Había preparado mi mejor discurso de despedida, con las palabras de una relacionista pública a la que siempre le piden escribir los comunicados porque "sabe hablar bonito", pero en ese momento, sólo era una mujer ansiosa por emprender el camino, así que dije adiós y me di la vuelta sin mirar atrás. No fue hasta que me di cuenta que mi futura roomie no me seguía, que entendí que había que ser la hija agradecida que llora y dice adiós cincuenta veces antes de irse. Pensé en regresarme, pero un espasmo me contuvo. No iba a dar un puto paso atrás. 

No lo di. Me subí a ese autobús, luego a otro, y emprendí mi camino. Lo que dejaba atrás era mi historia, la más bonita, pero era historia. Ese día inicié el camino que me trajo hasta aquí, ese día dejé la que ahora es la casa de mi madre, y encontré mi casa.