Desprenderme de ti no es tan fácil.
No es como quitarse un zapato o lavarse las manos.
Es más bien lavarse el alma.
Pero teniendo cuidado de no quitar los recuerdos, porque esos serán los que en mi vejez me indiquen que he sido digna de vivir.
Más bien es pulirlos un poco, rasparles la melancolía, abrillantar la alegría, de tal forma que produzcan sonrisas y no llanto.
De tal forma que la próxima vez que me encuentre a alguien que voltee a ver y me diga que no debo dejar ir, tú estés ahí, no para confundirme, sino para recordarme por dónde empezar de nuevo.
Eres necesario, olvidarte es un error.
Pero no eres tan necesario como para robarme espacio que alguien más puede necesitar más adelante. Finalmente tú no lo quisiste, entonces hay que dejar bien vacía y limpia esa habitación en mi corazón, para que alguien más pueda ocuparla.
Es entonces que se complica, desprenderme de ti sin desprenderme del todo.
Voy, poco a poco, con cuidado, raspando, puliendo, guardando lo que me sirve, quitando lo que me sobra.
Como ya bien dije, no es tarea fácil, pero tampoco imposible.