domingo, 28 de julio de 2013

Tener el mar

Ayer me dijeron algo que coronó el montón de tonterías que han sucedido en estos días:

"Te quiero llevar a ver el mar, porque ya no tendrás mar y no sé cuándo lo vuelvas a ver."

No sé exactamente cuándo tuve el mar. Más bien él me ha tenido, en contadas ocasiones. Pero recuerdo bien cuándo nos vimos por primera vez, en esa misma playa en la que quieren pararme en estos días. Yo tenía seis años y una de mis grandes frustraciones en la vida era nunca haber visto el mar. Por mil razones ajenas a mí, nunca me habían llevado a la playa. En esas fechas dejé de comer. Aún no sé a ciencia cierta por qué dejé de hacerlo, ni siquiera me sentía gorda o estaba enferma, sólo no quería comer. Intentaron todo. Todo. Y en uno de esos tantos intentos, no sé por qué pensaron que cumplir mi sueño de ver el mar sería un reforzador positivo asociado a la comida. Así que fuimos, una madre cansada y triste, un amigo con buena voluntad y una niña pequeña en un día gris. Ni siquiera me dejaron meterme al agua revuelta, así que me paré ahí, a respirar la brisa cargada de sal con algunas gotas de lluvia. Pasado un tiempo me dijeron: "Bueno, ¿ahora quieres ir a comer?" Obviamente no sólo no comí, sino provoqué un drama de dimensiones épicas. No recuerdo qué más pasó, sólo la enorme tristeza que sentía la primera vez que vi el mar.

La última vez que estuve ahí, estaba sola. Me tocó estar por trabajo, así que en la madrugada, en la habitación de mi hotel, me salí a fumar y a sentir el mar. No podía verlo, sólo sentir el aire, mirar el faro girando y respirar un poco de su inmensidad.

Ahora, a unos días de realizar lo que llevo años trabajando y planeando, siento exactamente la misma tristeza que la primera vez. Ni siquiera había pensado en el mar o en si lo volvería o no a ver. No puedo pensar en todo lo que me espera, o en todo lo que estoy dejando, no puedo pensar en esas cosas tan trascendentales que deberían ocupar mi mente, como comer, o trabajar, o estar asustada o feliz. Sólo estoy cansada y triste. No puedo pensar en nada.  O no podía... hasta que me hicieron pensar en el mar. Y en que me llevarán a tener el mar una vez más como si estuviera desahuciada. O como un acto de melancolía ajena. No sé. Por primera vez pensé en que todo lo que sé y conozco iba a alejarse. Y sentí una tristeza tan grande...

...y un profundo alivio.